“El Caddy”

 

Puebla, Puebla.

Previo al Día del padre de 2011

 

El sol caía implacable sobre mis hombros, el sudor corría por mi frente y la presión del último putt del hoyo 18 del torneo de mi vida, era complicado, no podía leer el Green, la tensión era demasiada y se me nublaba la vista.

 

Mi caddy coloca su mano sobre mi hombro y con un apretón firme pero cariñoso, calma mis nervios. Por una extraña razón se siente tan confortable su tacto y tiene un aire familiar.

 

–          Con calma chaparrito, recuerda lo bien que lo vienes haciendo.-

 

Los flashados de estos 18 hoyos comienzan en mi mente.

 

El hoyo 1, un par 5, había sido el inicio de una larga jornada, tal vez los más complicados de todo este torneo, el inicio de una vida, aquél sabio consejo de mí caddy, en el rought, de no precipitarme, aprender a caminar y nunca correr me dio la pauta sobre como conducirme durante estos 18 hoyos.

 

El par 4 del hoyo 5, me hizo pasar tragos amargos al verme atrapado detrás de un pequeño tronco, tengo que confesar que estuve tentado a hacer trampa, y ¡¡ claro una patadita nadie la notaría ¡¡, pero mi caddy con su voz firme y serena, me puso en mi lugar, recordándome que ese tronco, es parte del campo. Y que las patadas nunca librarán mi camino al éxito y el hecho que nadie note lo que iba a hacer no significa que yo no lo notara. La solución de usar un fierro corto y sacarla al farway fue la más adecuada, él nunca ha fallado una elección, pero también resulto ser la  más difícil, aun así me sentí muy reconfortado al salvar el par.

Me estoy dando cuenta que mi caddy siempre tiene la razón.

 

El hoyo 9 fue mágico, confiaba en mi driver y sabía que colocarla a 260 yardas de la mesa era pan comido, pero acelerado como siempre he sido, no tome en cuenta el aire que tiraba de derecha. Mi caddy sabiamente intervino y me recordó mi manía de meter la cadera y llevarme la bola con el cuerpo. Muy acertadamente me hizo ver que el que pega más duro no siempre es el que llega primero… la constancia, y la rectitud me conducirán siempre por el camino correcto.

 

La segunda vuelta las cosas fueron mucho más complicadas para los dos, ya había pasado tiempo desde que inicio el torneo y ese caddy joven y sabio, ahora lo veía viejo y lleno de errores y usanzas antiguas.

 

Yo tenía la razón… él no sabía lo que hacía y mucho menos lo que decía, su lenguaje claro se convirtió en un dialecto complejo para mí.

 

El hoyo 11, 13 y 14 fueron un dolor de cabeza para mí, ignore todas y cada una de las indicaciones de mi caddy y poco a poco mi score fue subiendo. Fue tal mi desesperación que en la trampa del hoyo 14, tal vez la más complicada de todo el campo, y después de un “sapo” que solo logró levantar mucha tierra y complicar más mi tiro, ese viejo caddy me recordó con toda calma, y haciendo caso omiso a mis aires de grandeza y mis groserías, que aún faltaba mucho camino en este torneo, y que esa trampa no iba derrotarme, había que dejar de ser un niño, tomar el bastón con las dos manos y repetir ese swing que me enseño desde pequeño, había que madurar.

 

Podría llorar y remilgar toda la vida, pero así no lograría nada, había que salir adelante. Y dijo algo que me dejó perplejo, me dijo “no estás solo, aquí estoy y aquí estaré” ¿por qué lo hacía si yo había hecho todo lo posible por llevarle la contraria?

 

Aun así el bogey no era malo para mí, y aunque no quería verlo, mi caddy tenía razón, había aun 5 hoyos por delante y  5 berdies por meter.

 

Me gustaría decirles que los metí, y podría adornarme con el águila que metí en el hoyo 16, pero mentiría, y para esta altura del torneo mi caddy me había enseñado y tatuado en mi mente que si iba a ganar este torneo, tendría que ser diciendo la verdad, comportándome, respetando y siempre repitiendo tiro tras tiro lo que él me enseñó.

 

El 16 realmente terminó con otro bogey que me supo a gloria, el trabajo de enmendar nuevos errores fue complicado, y aunque uno arriba de par no es lo mejor, el saber lo que significó lograrlo, para mí era un berdie.

 

Nuevamente regreso al hoyo 18, parecía haber pasado una vida completa, pero ahora veo todo un poco más claro, aun así dudo y tengo miedo, no quiero fallar este último tiro. Mi cabeza gira y mi mirada se trenza con la de mi caddy, por alguna razón que no puedo explicar, luce casi igual a como siempre lo había visto, pero lo veo cansado, viejo y extrañamente feliz. Siento ese salto en el pecho de correr y pedirle que lea el Green por mí, pero por primera vez en 18 hoyos no lo pienso hacer, ha sido un torneo largo y creo que he aprendido demasiado.

 

Una nueva mirada al terso pasto, mi mano sujeta firme el putt y no hay temblores, mis pies se plantan firmes y respiro profundo.

 

El metal acaricia suavemente la bola y sale desprendida,  la veo trazar un camino a través del Green, correrá y no se detendrá hasta entrar en el hoyo, sé que se meterá. Volteo la vista y olvido el tiro, veo a mi caddy, mi padre, mi amigo, mi confidente, mi súper héroe, ¡¡no¡¡ observando el resultado de mi putt, si no observando mis movimientos, el swing de mi vida y veo en su cara una sonrisa que lo dice todo. “no importa si entra o no, estuve contigo y estaré siempre  contigo” Me parece escuchar algo al fondo, no distingo si son victorias o lamentos, pero no me importa, he disfrutado estos 18 hoyos, estos 30 años, este torneo de mi vida,  y no me importa si en este momento entra la bola o no, quiero fijar mi vista en mi viejo y saber…”Que siempre tendré 18 hoyos más a su lado” Tiempo al tiempo.

 

Te ama tu hijo

Juan Salvador

 

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