“Una Tarde de Te”

Puebla, Puebla, México

25 de Marzo de 2012

 

“Una Tarde de Té”

 

 

 

¿Cuándo se deja de ser niño y arrojar aviones de papel para convertirse en adulto y arrojar bombas?

 

Son preguntas que rondan por mi mente muy a menudo, son preguntas que nunca tendrán una respuesta clara para mi.

 

Ya han pasado algunos atardeceres desde que me senté en aquella alargada mesa a tomar el té, pero aun así, puedo recordar cada detalle, cada palabra, cada momento que se respiró. También recuerdo haber sido, por aquellos entonces, una persona de un difícil sonreír.

 

Puedo recordar que mi caracter peculiar y mi sangre desbocada, me llevó aquella tarde, a adentrarme en el bosque más de lo permitido. El ambiente me cautivaba, el paisaje, la hojarasca y su crujir bajo mis talones,  los olores a flores exóticas y sobre todo el saber que estaba con un pie lejos del límite permitido.

 

No recuerdo si  lo que atrajo mi atención fue el silbido melódico de las teteras parlanchinas, o la risa taladrante e hipnótica de la liebre, pero dejé que mi oído y olfato me guiara, entre ramas y crujientes pasos hasta aquel rincón. La charla parecía animada.

 

Recuerdo haber llegado como una persona atormentada, confundida y sin rumbo, recuerdo haber estado en algún tipo de carrera o búsqueda, donde cada pista y acertijo resuelto,  me conducía a otro laberinto. La liebre me incitaba a guardar prudencia y educación, mientras cautivaba mis sentidos y su acelerado acento me invitaba a tomar asiento.

 

Aquella tarde me dispuse a dialogar con mis nuevos anfitriones y por un instante podía sentir que mi búsqueda estaba presta a llegar a una meta, solo hacía falta una pista más, la pista máxima que me indicara el camino final. Fue por eso que, obedeciendo la costumbre de cambiar de lugar sin motivo ni explicación aparante, expuse mis dudas y traté de detallar cada pista recolectada con el pasar de los años. Pero era inútil mantener un diálogo coherente y gramaticalmente bien estructurado, esta gente estaba loca.

Sus acertijos resultaron ser complejos juegos de palabras, sus disparates eran una interesante y alocada mezcla de mi yo interno.

Y su manía de hacer celebraciones a lo tribal, y no a lo estipulado como importante, me era suculenta.

 

Descubrí, un poco tarde, que hay palabras que nunca debo pronunciar, creo que no hay jalea suficiente que pueda endulzar un oído dañado. 

 

Aquella tarde en la reunión del té, descubrí  que las adivinanzas, los acertijos, el engatusado quehacer de mi vida diaria, tienen respuestas incoherentes y sin un sentido aparente, pero esas alocadas y atrevidas respuestas que guían mi vida, han sido y son la alegría de la misma.  Soy un ser de adivinanzas con respuestas tontas, diseñadas  y maquiladas en mi mente para reír y no para ser adivinadas. 

Soy un hombre engatusado que ama a los perros y tengo un quehacer diario, que no guardo en un libro, sino que lo escribo día a día con pasos y sonrisas.

 

Aquella vieja tarde, fui instruido en el complejo arte de celebrarle a la vida el simple hecho de ser “hoy”, aprendí de manera increíblemente fácil que el simple hecho de que “hoy” NO sea el día que YO espero, también se puede celebrar. Y “hoy” resultó ser justo lo que “hoy” quiero y debo celebrar. Ojalá hubiera podido beber un poco de té.

 

Los aromas a jazmines, canelas, cortezas cítricas y muchas más fragancias, que las teteras desprendían, me recordaban aquellos días, donde mi única meta era simplemente tener una meta. Me sentí extrañamente tonto al darme cuenta que redundaba o, mejor dicho, esta tarde de té… me estaba haciendo redundante. Fue justo cuando decidimos volver a cambiar de lugar, nuevamente sin motivo aparente, ni lógica determinante; pero me  habían educado para respetar las costumbres de la casa a la que fuera invitado.

 

En aquella misma charla me di cuenta que la genialidad,  radica en aquella “parte cuerda” que aún permanece inmutable dentro de nosotros y que sin más un día decidimos borrar y erradicar.

Aprendí que siempre, y bajo cualquier circunstancia, a los “locos” hay que tratarlos con cariño.

 

Darme cuenta que paso todo el tiempo en una carrera sin meta, ni competidores, y que todo el tiempo estoy acelerando a fondo por un trozo de metal atado a mi muñeca que marca la fecha, los años y  las horas, fue un poco aterrador. 

 

Afortunadamente me enseñaron que el ajetreo desquiciado del sabor urbano que corría por mis venas,  se podía reparar.  Al parecer había demasiadas ”ruedas” que no me llevaban a ningún lado, así como demasiados “resortes” que no me impulsaban tan alto como decían.  Pude presenciar que la reparación de este frenesí descontrolado que sentía, se curaba con una mezcla de elementos simples y quizá extraños.

 

La liebre, alocada y divertida como siempre, no dejaba de vociferar fuertemente  a los cuatro vientos, que ingrediente era el siguiente en mi lista de reparación.

 

Me sentía un poco aturdido por el ir y venir cumpliendo con la compleja lista que la liebre estaba fabricando para repararme, pero este sentimiento me era al mismo tiempo divertido, y aquella sensación de vértigo emocional, me mantenía entretenido.

 

Aprendí que el limón lo cura todo, pero también aprendí, que exagerar al momento de tomar determinaciones, verme atorado en respuestas que no tendrán explicación nunca, así como sentirme atormentado por situaciones que yo no puedo controlar,  o detenerme a vivir en el pasado, lamentando y solo recordando,  son ingredientes como “la mostaza”; es buena y muchas veces aprendo de ella… pero me dejaron en claro que esta reparación NO es un sándwich y no hay cabida a la impotencia y el “no puedo”.

 

Por alguna extraña razón me enfadó sentirme timado por estos dos locos, recuerdo haber hecho aspavientos y manotear un par de veces la mesa solicitando un poco de cordura, yo realmente necesitaba ser reparado y no consideraba serio ni prudente la forma como había de llevarse mi transformación.

 

Pero del mismo modo, me es hermoso recordar como ese arranque de fiebre de locura, se curó con una taza de té y un poco de jalea en mi nariz. Al fin y al cabro estaba rodeado de muchas estrellas que brillan en lo alto y aunque con frecuencia me suelo hacer a la idea que mis alas son de murciélago, también recuerdo que no importa de lo que sean, son para volar.

 

Estreche por última vez la mano de la liebre, me miró y susurró a mi oído mientras las teteras parlanchinas volvían a silbar melódicamente.

 

“Recuerda siempre usar la mejor mantequilla, y nunca con migajas, no te conformes con la migajas toma la tarta completa.

Si alguna vez te aceleras, recuerda que solo fue un sorbo de té demasiado fuerte, pero los sorbos pasan rápidos. Sigue ahora tu camino peregrino, me da gusto celebrar mí no cumpleaños el mismo día que tu celebras tu no cumpleaños. “

 

Juan Salvador Fernández.

 

 

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