“Atrapado”

Puebla, Puebla

23 de Febrero de 2013

“A Titi por salvar mi vida”

“A Txu por regalarme una futura familia y un nuevo hogar”

6

Vamos con este cuento, toma asiento y relájate unos minutos.

Comencemos respirando profundamente, olvidando todo lo que ha sucedido en el día. Las cosas buenas y malas ahora son aire que entra y sale de tus pulmones, sientes que te purificas.

Respira nuevamente pero en esta ocasión hazlo más profundamente… sostén la respiración.

Trata de poner tu mente en blanco, relajarte y si es posible te invito  leer cada párrafo conteniendo la respiración todo lo que puedas.

“Atrapado”

Trata de imaginarte en un lugar exótico, estas en una torre de departamentos de lujo en el piso 45, insertas la llave lentamente mientras sostienes una rutinaria charla con tu pareja. Ella espera pacientemente a que la tarea de apertura se complete.

El canto serrado de la llave se anima a levantan tímidamente los pernos del seguro; la puerta se abre, la vista es increíble, el lugar es una pecera en el cielo.

La habitación es blanca en su totalidad, el secreto del buen gusto está en cada detalle; seleccionado, pensado y acomodado en la zona correcta de este departamento. Siempre me he considerado una persona que disfruta el lujo. Disfruto el roce y tacto de mi cuerpo con la seda; como disfrutaba el ardiente y espeso descender del tequila en mi garganta. Mi vista se cruza brevemente con una botella de whisky añejado por años, mientras mi mente se enfrenta con el deseo y lo deja correr… ya son muchas 24 horas luchando.

El aire es fresco, la ciudad respira y comienza a dormir debajo de mis pies; el constante susurro de una ciudad que se aletarga lentamente comienza su sinfonía.

El movimiento que se produjo lo recuerdo sutil, casi como verme atrapado en una vieja película en “slow motion”, mi cabeza giraba constante, sin detener su trayectoria, buscando instintivamente.  Y ella al centro de todo.

Nuestros ojos se enlazaron, lo pude leer con claridad, le amo. Su mirada alcanza  a ver sobre mi piel, mis labios se disponen a decir algo y ella simplemente cierra la puerta… “clic” retumba en toda la habitación.

Hay momentos tan breves que solo uno mismo puede recordar lo eterno que son, esos momentos donde se congela el tiempo, después… silencio total y absoluto. El mismo sentimiento imposible de describir, tan común, tan ahí, tan urbano como el silencio “total” de una ciudad dormida pero latiendo firmemente.

El clic de la cerradura ahora ronda por mi mente, claro, nítido; me atrevo a confesar que, después de analizar cientos o miles de veces ese metálico sonido que se produjo al cerrar la puerta, me convencí de que la nota “re” fue el cierre final.

Han pasado ya 45 minutos desde que la broma de verme atrapado comenzó, se ha vuelto pesada. No hay servicio telefónico, solo una chillona voz que se enreda ella misma una y otra vez. La fría grabación no puede brindarme ayuda, pulsé varias combinaciones de números, intenté alterar el orden de los mismos, pero siempre la enredada voz regresaba a su hipnótico ciclo.

La recepción del celular variaba en cada habitación y la tarea de enlazar una llamada se hace imposible. Mi servicio de emergencia del celular no responde, lo mismo sucede con los números de asistencia de tarjetas bancarias y clubs premier, ni mencionar las autoridades locales y servicios de emergencia.

Golpear la puerta solo produjo coraje, pasar 10 minutos con la frente pegada a la puerta suplicando terminar la broma y abrir la puerta solo trajo enojo a mis venas.

No tuve más que utilizar mi última línea defensiva, mi último ataque; reconocer frene a ella, jurando por ella, estar asustado. Reconocer la derrota, afirmando en silencio que esta broma pesada era de muy mal gusto, reconocer frente a quien pudiera estar detrás de la puerta que el miedo sudaba por mis poros, solo quería dar fin a todo.

Solo hubo silencio del otro lado de la puerta.

Dos horas más tarde y varias rondas a los 400 canales de televisión de paga, solo pude encontrar dos canales que pudiera entender. El primero me habló de todo el mundo, de sus finanzas, problemas y crisis, pero nunca me dijo que sucedía aquí. El segundo solo me recordó lo oxidado que está mi alemán.

Después de leer las etiquetas de cada toalla y envase en las habitaciones, aprender que existen 23 escalones a la terraza y los mismos 23 pasos a la puerta desde el punto donde estoy. Tomar un buen rato sumido en una reflexión dejando que mis dedos repitan una y otra vez “clic on – clic off” tratando de que la parpadeante luz de este lugar atraiga la atención del único vecino que se encuentra a mi altura. De pronto todo encajó.

Era sublime, todo encajaba, mi llegada repentina, el portero nuevo, las maletas azules idénticas a la puerta del ascensor. El juego de estar atrapado había dado inicio, la meta era resistir, volver a jugar “al que se ríe pierde” a los “serios”, bueno pues, es hora de jugar.

Cada espacio de aquella hermosa habitación fue aprovechado al máximo. Un largo baño en el jacuzzi de la terraza, el ronroneo constante de la ciudad. La música me sedujo y me llevo de paseo.

Las luces danzaban y comencé a reír, el juego se había puesto a mi favor,

“nadie vence a mi paciencia”

Me repetía una y otra vez.

Una buena merienda acompañada de grandes dosis de Tarantino & Terrance Malick haría a cualquier bromista perder la razón, él aún no sabe que lo he visto, justo hoy cuando enviaba señales a mi vecino, mi musical vecino del piso 46. La medalla de victoria sería ver la su cara, ¡¡Dios!! Añoraba ya ver sus caras, las risas que seguirán y el abrazo final.

¡¡Diablos como quería que llegara el abrazo!!

Tarantino y la música surf se fue fundiendo a negro, yo quedé sumido en un sueño largo y reparador, di rienda suelta a mi imaginación y dejé que todo se transformara en sueños.

El desayuno no supo igual, la extraña soledad mató mi sazón. Nunca me atreví a culpar a la sal. 24 horas de encierro eran más que suficiente, esto comenzaba a tener el metálico sabor de la tortura.

El día corrió nuevamente acelerado, pero la tarde nos bañó suavemente. Mi ánimo mejoró cuando decidí ser yo el que regalara un “show” para este gran espectáculo. Dos latas de alimentos dieron la idea; analicé, medí rústicamente el peso de cada lata, supervisé la forma correcta, el tamaño de mis manos y después realicé dos disparos; dos débiles proyectiles de metal que cruzaron el aire y se perdieron de mi vista antes de tocar el suelo, si es que abajo había algo, o alguien.

Perfeccioné la zona de disparo, realicé nuevos cálculos de la parábola de mi tiro, pero nuevamente el resultado fueron tres lentos proyectiles que se perdieron de mi vista, ninguno estuvo cerca de impactar el edificio frente a mí, Esa perpetua Torre frente a mí.

Acudí dos veces a las esferas de piedra que adornaban la mesa central, el resultado fue el mismo, mas sin embargo mejoró la distancia y puedo asegurar que faltó muy poco para hacer contacto con la gigante torre de cristal.

La leche evaporada excedió el peso y la actividad se tornó aburrida, no tenía una meta. Estaba atrapado.

El octavo día la comida comenzó a escasear y ahora mi gran idea de lanzar proyectiles era claramente estúpida.

“Tirar la comida no es buena idea en ninguna parte del mundo y bajo ninguna circunstancia”

Cantaba amorosamente mi madre dentro de mi cabeza, el único lugar en este momento donde existían voces y gente con quien charlar. Ni hablar de la ridícula cara que portaba en el piso 45 atacando la torre de cristal con un enojo brutal, utilizando como armas, alimento y las esferas de Ónix Mexicano.

La película rodo libremente y mi misión colosal reveló su titánica magnitud de crueles dientes. Nunca lograría comunicarme con la torre, solo pude reír y regresar la última artesanía a su lugar.

El día 12 el hambre apareció, el lugar lucía como un campo de batalla y comenzaba a oler mal. La estúpida y casi sonriente luz de mi vecino danzaba frente a mí.

Me fue más fácil arrojar objetos y fornitura por la ventana o moler a golpes la pesada puerta antes de rendirme, tejer una cuerda de sábanas era ridículo, pero no lo sí se sujetaba algo a la punta, extender la cuerda y golpear pisos debajo. Nuevamente realicé una agenda, toque cada ventana, en cada piso que me fue posible, utilizando todos los horarios posibles, las horas más lógicas y las que no lo fueron, pero al final obtuve el mismo resultado, un ridículo intento por liberarme de esta atadura.

Eso es lo que me tiene hoy aquí, mirando desde la terraza la estúpida luz danzante de la torre de cristal y bebiendo a sorbos la botella de whisky del rincón; siempre odié el sabor de esa bebida, pero solo por hoy, solo por 24 horas lo voy a olvidar y beberé, beberé fuertemente.

La última espiral de humo que desprendió mi cigarro se dibujó en el aire. Encendí la música y esta me llevó a bailar, me llevo a mi propio baile de graduación.

No fue duro darme cuenta que los extrañaría, el verdadero infierno se desato cuando la bacteria mortal de la “aceptación” inundó todo mi cuerpo.

Todo perdió color de un día para otro, las lágrimas se secaron, pero aun así el llanto me tomó como prisionero, mi cuerpo se rindió al aire libre. Mi corazón se marchitó, todo perdió sentido, razón y motivo. Simplemente cerré los ojos.

La música y el tímido rayo de sol filtrado dejaron un manto de luz contra mis ojos cerrados. Al centro de todo ella.

El sentimiento fue muy parecido a despertar bruscamente, perdido pero seguro, sintiéndome fresco.

Y sin más, verla entrar por la puerta, cruzar libremente el espacio majestuoso del piso 45 de mi torre alegando solo estar probando su llave, alegando querer estar segura de nunca quedarse afuera y no poder entrar.

Afirmó dulcemente no querer arruinar el inicio de nuestra luna de miel, sujetó mi mejilla y beso dulcemente mis labios.

Podrás o no creer mi historia, podrá o no ser ficción y esto tal vez solo sea un cuento más. Lo que si se es que un instante intenso, es una vida entera. Como lo que sucede con los perros.

¿Cómo puede existir una criatura, un ser que pueda amarnos tan profundamente? Que resista vivir día con día un infierno, simplemente por amarnos.

Los perros tienen una condición muy especial, ellos deben sufrir la desesperación y la angustia de vernos partir, su código interno, su amoroso y perfecto diseño les hace experimentar mentalmente un estado similar al abandono.

Tu perro cada vez que te encierras a tomar un buen baño, o vamos a ejercitarnos al gimnasio, hacemos las compras, trabajamos y por fin logramos pasar esos dos días en la playa; no sabe, ni sabrá nunca que nosotros vamos a regresar a su lado,  es por eso que siempre nos esperará.

No podrá nunca entender que solo cerramos una puerta brevemente.

Es por eso la loca emoción y la hermosa “colita”.

Ese es su indicador de felicidad, es su reguilete del amor, se acelera y se mueve rápidamente.

Si, como el ritmo de tu corazón.

Juan Salvador Fernández Tamayo

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